Comienza un nuevo año y, con él, aparecen nuevos desafíos para la economía mundial. ¿En qué consisten estos grandes retos? ¿Qué podemos esperar de la economía en 2022? ¡Veámoslo!

¿Puede afectarnos Ómicron?

Factores como la aparición de nuevas cepas del virus, o la efectividad de las vacunas contra éstas, podrían tener un fuerte impacto económico. Esto, si se generan más contagios, y estos a su vez conllevan restricciones a la actividad.

El primer desafío no sólo para la economía, sino para la sociedad en general, será probablemente la evolución de la pandemia a lo largo de 2022. Recordemos que, después de un 2021 marcado por la reapertura de muchos negocios y actividades, la aparición de nuevas cepas del virus como Ómicron puede traer consigo nuevas restricciones a la actividad económica, y con ellas, un freno a la recuperación que habíamos comenzado a percibir el año pasado.

En este sentido, existe una gran incertidumbre sobre el posible impacto de nuevas cepas en el número de contagios. Lo cierto es que en apenas dos años ya se han detectado al menos 12 variantes del Covid, entre las cuales Ómicron ha tenido un especial protagonismo en los últimos meses.

En muchos países, la aparición de esta nueva variante ha disparado los contagios, ante lo cual algunos gobiernos han reaccionado imponiendo restricciones a la población. Como es natural, esto genera incertidumbre entre los agentes económicos, ya que no se sabe con certeza si muchos sectores podrán seguir funcionando con normalidad.

Por lo tanto, parece evidente que en 2022, y como hemos hecho también en los últimos dos años, tendremos que estar muy pendientes de la situación sanitaria. Factores como la aparición de nuevas cepas del virus, o la efectividad de las vacunas contra éstas, podrían tener un fuerte impacto económico. Esto, si se generan más contagios, y estos a su vez conllevan restricciones a la actividad.

Sin embargo, no todo depende de la pandemia. Como veremos más adelante, los gobiernos también han tomado decisiones económicas cuyos efectos podremos ver a lo largo de este nuevo año que comienza. Veamos el primero de ellos: la inflación.

La inflación: el fin del espejismo

Problemas como la pérdida de poder adquisitivo, la erosión del valor del patrimonio ahorrado y la caída de la rentabilidad de las inversiones, están golpeando ya a muchas economías y, si no se afrontan enseguida, pueden suponer un importante freno a la recuperación

Como hemos comentado en publicaciones anteriores, cuando la economía mundial sufrió un parón histórico en la primera mitad de 2020, la mayor parte de los gobiernos y bancos centrales del mundo (y de Hispanoamérica en particular) decidieron poner en marcha políticas fiscales y monetarias expansivas para «salir al rescate» de la economía. Unas políticas, recordemos, que se han traducido en medidas como planes de infraestructuras, bajadas de tipos de interés y compras masivas de títulos de deuda en los mercados financieros.

Como suele ocurrir, estas políticas tuvieron unos efectos muy positivos en los primeros meses. Esto, ya que gracias a ellas se crearon millones de puestos de trabajo en todo el mundo, y se reactivaron el consumo y la inversión. Incluso, algunos países como Estados Unidos, Rusia y China recuperaron su PIB per cápita anterior a la pandemia.   

El problema es que, como nos enseña la teoría económica y hoy constatamos nuevamente, la inflación suele llevar un cierto retraso con respecto a la política monetaria. Esto significa que, si un banco central aumenta la cantidad de dinero en circulación, las subidas de precios pueden tardar varios meses en aparecer. Esto es bastante problemático porque se puede tener la falsa impresión de que la economía marcha con viento en popa. Sin embargo, en realidad se está gestando un nuevo ciclo inflacionista.

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El año 2021 no ha sido la excepción. Después de varios meses de fuerte crecimiento del empleo y el PIB, se empezaron a notar grandes incrementos de precios en las materias primas, el transporte y la energía. Con el tiempo, el alza de los precios fue llegando también a las industrias de bienes intermedios y a los distribuidores mayoristas. Incluso, ahora los estamos viendo, por último, en el comercio minorista y los servicios.

Como observamos en la gráfica anterior, los precios al consumo se han acelerado en las grandes economías mundiales desde el segundo trimestre del 2021. Incluso, sucedió en Japón, donde la inflación llevaba un año en cifras negativas. Para 2022, con la excepción de China, las previsiones apuntan a una cierta desaceleración. Sin embargo, aún terminaríamos el año con niveles de precios superiores a los de principios de 2021.

Sin lugar a dudas, la inflación será uno de los principales desafíos de la economía mundial en 2022. Esto, ya que, pasado el espejismo de los primeros meses, ya comenzamos a notar sus efectos negativos. Problemas como la pérdida de poder adquisitivo, la erosión del valor del patrimonio ahorrado y la caída de la rentabilidad de las inversiones, están golpeando ya a muchas economías. Si no se afrontan enseguida estos inconvenientes, pueden suponer un importante freno a la recuperación.

Precisamente por ello, por la urgencia de actuar ante un problema tan importante, debemos mencionar un siguiente desafío. Este es el giro de la política monetaria de los bancos centrales hacia políticas más restrictivas, conocido como tapering.

El tapering, uno de los grandes debates del año

En el mundo hispano, las políticas de tapering de la FED suelen generar una cierta preocupación porque tienden a impactar negativamente sobre las economías de la región.

En pocas palabras podemos definir tapering como la reducción de los estímulos monetarios que aplican los bancos centrales. Esto es, ir reduciendo el volumen de las compras de deuda o aumentando los tipos de interés. Todo ello, con el objetivo de reducir la inflación a medio y largo plazo.

La Reserva Federal de Estados Unidos (FED) ya ha puesto en marcha una reducción de las compras de deuda. Así, ha previsto tres subidas de los tipos de interés a lo largo de 2022. De esta manera, la autoridad monetaria norteamericana espera bajar la inflación al 2,6 % en 2022, 2,3 % en 2023 y 2,1 % en 2024, después de alcanzar el 6,8 % en noviembre de 2021, la tasa más alta desde 1982.

Es importante tener en cuenta este dato porque, si bien el tapering no ha llegado todavía al resto del mundo, la experiencia de las últimas décadas demuestra que las políticas de la FED siempre acaban marcando el paso del resto de bancos centrales. El Banco Central Europeo, por ejemplo, es uno de los más reacios a reducir los planes de estímulo. Pero no debemos descartar que en algún momento acabe alineando su política con la de Estados Unidos.

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Para entender estas resistencias al tapering, es importante recordar que estas políticas suelen tener el efecto contrario de la expansión monetaria. Antes hemos explicado que, cuando aumenta la cantidad de dinero, primero aumentan la producción y el empleo y solo después comienzan a aumentar los precios. Pues bien, cuando la cantidad de dinero se reduce, a corto plazo se contraen la inversión y el consumo, cierran empresas y se destruyen puestos de trabajo.

Con el tiempo, si estas políticas de normalización monetaria se aplican correctamente, los precios se estabilizan y la economía vuelve a crecer. El problema es que, hasta entonces, el coste social de estas medidas suele ser muy elevado, y muchos políticos, que siempre viven pendientes de las encuestas, no están dispuestos a pagar este coste en las elecciones.

En cualquier caso, la repercusión de la política monetaria estadounidense suele ser tan amplia a nivel mundial que la mayoría de bancos centrales suelen alinearse antes o después con lo que haga la FED. La razón es que, al tratarse de la primera economía mundial por PIB, lo que ocurre en Estados Unidos acaba afectando al resto del mundo.

Una reducción del consumo interno, por ejemplo, puede impactar directamente sobre las economías de países que exportan a Estados Unidos. De la misma manera, una subida de los tipos de interés, en la medida en que dificulta el crédito, también puede reducir la inversión norteamericana en otros países.

En el mundo hispano, las políticas de tapering de la FED suelen generar una cierta preocupación. Esto, porque tienden a impactar negativamente sobre las economías de la región. El motivo de ello es que, adicionalmente a los factores que hemos comentado, las subidas de tipos de interés en Estados Unidos atraen capitales anteriormente invertidos en países emergentes, provocando una salida de divisas y, a veces, incluso poniendo en riesgo la estabilidad de las monedas locales.

Ya ocurrió en 2018, generando una desaceleración en México, desestabilizando al real brasileño y dejando a Argentina al borde de la quiebra. No es casualidad que, en las últimas semanas, los bancos centrales de México, Brasil, Colombia y Chile hayan anunciado subidas de los tipos de interés, y que el Banco Central de la República Argentina no haya descartado hacer lo mismo a lo largo de 2022.

El desafío, por lo tanto, es abordar la estabilización de la política monetaria. Esto, reduciendo todo lo posible el coste social, y a la vez hacerlo de forma coordinada con otros bancos centrales para evitar problemas en el mercado cambiario. Un reto muy difícil sin dudas, pero imprescindible de afrontar ya que está relacionado con otro de los grandes desafíos que tenemos por delante: la deuda pública.

El problema de la deuda

Si aumentan los tipos de interés, crece también el coste que el Estado debe pagar todos los años por su deuda pública

Ya hemos comentado que, cuando comenzó la pandemia, la mayor parte de los gobiernos del mundo relajaron su disciplina presupuestaria. Así, dejaron en un segundo plano la estabilidad de las finanzas públicas. Algunos de ellos, incluso, llegaron a lanzar ambiciosos planes de gasto. El objetivo fue estimular la economía, aunque ello supusiese incurrir en elevados niveles de déficit.

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Esta tendencia se ha mantenido, en líneas generales, a lo largo del año pasado, pero es posible que no sea así en 2022. ¿Qué ha ocurrido para que de pronto hayan cambiado las cosas?

La explicación es sencilla. Si los gobiernos gastan más de lo que ingresan, entran en déficit. Cuando esto ocurre, deben acudir a los mercados financieros para pedir prestada la diferencia, emitiendo para ello títulos de deuda pública. De esta manera, el déficit de cada año se suma a la deuda acumulada anteriormente por el Estado.

Cuando el déficit es reducido y la economía crece, el problema no genera demasiada preocupación ya que el desajuste queda «oculto» por el propio crecimiento. En otras palabras, la deuda pública aumenta, pero la economía crece a un ritmo similar o superior, lo que hace que el ratio de deuda pública / PIB se mantenga prácticamente igual o incluso se reduzca.

Ahora bien, en una situación como la actual, con el déficit de las grandes economías del mundo disparado y en máximos históricos, la deuda de los gobiernos ha crecido entre 2020 y 2021 a una velocidad con pocos precedentes en la historia. De hecho, según estimaciones del Fondo Monetario Internacional, solamente en el primer año de pandemia la deuda pública mundial llegó al 99 % del PIB, batiendo un récord en la serie histórica.

Esto de por sí es preocupante, pero lo es aún más si entramos en un escenario de tapering como el que hemos descrito ¿Por qué?

Muy sencillo: Si aumentan los tipos de interés, crece también el coste que el Estado debe pagar todos los años por su deuda pública. Recordemos que la mayoría de los gobiernos hoy son incapaces de desendeudarse. En cambio, pagan los vencimientos de deuda antigua emitiendo deuda nueva, en lo que llamamos roll over de la deuda pública.

El problema es que ahora pueden vencer títulos emitidos cuando los tipos de interés eran prácticamente 0, y para devolverlos habrá que emitir deuda en un contexto en el que los tipos lleguen, por ejemplo, al 1 %.

Así, con niveles de deuda pública que en algunos casos, como Japón, Estados Unidos o Francia, superan con creces el 100 % del PIB, podemos imaginarnos las dimensiones del problema.

Aquí llegamos a la esencia del cuarto y último gran desafío para la economía mundial: Ir equilibrando el presupuesto de los gobiernos para reducir el ritmo al que se va acumulando la deuda, y, al mismo tiempo, tomar medidas para cubrir el aumento de los intereses. Todo ello, por supuesto, reduciendo al mínimo el impacto sobre el bienestar de la población.

Sin duda, se trata de un problema que, sumado a la evolución de la pandemia, los efectos de la inflación y la aplicación de políticas de tapering, configuran un paisaje que anuncia un año complejo, pero también muy interesante para la economía mundial. Precisamente por ello, como siempre, en Economipedia nos comprometemos a estar con nuestros lectores un año más, compartiendo y analizando toda la información.